Nuevos Proyectos

Nuevos Proyectos

Ya estoy de vuelta…

Echo de menos escribir aquí, en mis orígenes, donde empezó todo.

Me gusta contar cosas en el blog. Es como mi diario de a bordo donde os narro las aventuras y desventuras de una escritora/trabajadora/madre/…

Hoy estoy aquí para enmarcar una nueva etapa. Un nuevo proyecto que verá la luz en junio y que me hace una especial ilusión, porque es un punto de inflexión en mis pasos a escritora.

Hoy subo al blog a Liam y lucía (sí, ya sé que esta historia es la que estaba escribiendo precisamente aquí). Pero es que, ahora sí, oficialmente, va a ser una historia.

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Al principio, ni intención tenía de sacar novela nueva. Lo cierto es que algunas ilusiones se habían escapado por la taza del váter y alguna que otra mañana me levantaba con ganas de colgar la pluma. No es fácil confiar en un proyecto y que luego se desvanezca.

Me dolía el alma, me dolían mis novelas. Una ilusión tirada por la borda. Es complicado rescatarse así misma cuando sientes que, a base de ver, has aprendido lecciones de gran valor. Leí una vez a una amiga mía un dicho que me viene al pelo. “Unas veces se gana, y otras se aprende”. Y lo cierto es que he aprendido y mucho.

Después de eso, no tenía muy claro cómo seguir. Hasta que mis lectoras me dieron las alas suficientes para hacerlo. Un reto, escribir de nuevo en el blog relatos. Era como volver a empezar, y me gustó, ¡vaya si lo hizo! Fueron ellas, mis insumisas las que me sacaron de mi pequeño pozo de la absurda autocompasión, porque lo que debes hacer es avanzar, no estancarte, ni quedarte atrás.

Volver a escribir capítulos de algo nuevo y publicarlos al momento fue sanador. Como ellas, mis lectoras, que son lo más grande que me ha caído en este mundo. Y la verdad es que fue como un punto de inicio a algo. Recuperé mis novelas y Liam empezó a meterse en mi piel.

Y aquí está hoy su portada.

Dicen que los que llevamos la tinta en las venas, no dejamos de tener ansiedad por volver a escribir más tarde o  más temprano. Pues qué decir, tengo un mono de impresión.

Así que, en Junio…conoceréis la historia completa de Liam y Lucía ( por cierto, un nombre, el de ella, que no me gustaba nada porque me recordaba a un ser desagradable que irrumpió en mi vida hace años, pero como el de Alejandro, de La Sumisa y Pura Magia, que también lo detestaba, resultó que me dio muchas alegrías). Será el karma positivo. Todo vuelve, y ¡qué coño!, yo también.

Por unas buenas letras de amor

Esto es Lucía para Liam

En la Escalera…

En la Escalera…

Hoy comienzo una ronda de relatos cortos que iré publicando en mi blog hasta el día de San Valentín. Es un idea descabellada, lo sé, pero me pareció divertido volver un poco a mis inicios…

Espero que os guste.

 

En la Escalera...

Que bajes por la escalera de tu casa con diez centímetros de tacón cuando lo normal es llevar las Converse hasta para ir a la oficina, no es buena idea, y menos si vas con prisas. Eso lo pienso yo y seguramente el vecino del segundo que recogió a mí y a mis restos (porque en eso se convirtió mi cuerpo una vez que me vi en el suelo) .

  • ¿Te encuentras bien? – preguntó mientras me ayudaba  a ponerme en pie sujetándome por la cintura.

Asier, mi vecino, no es el típico guaperas al uso. Ni siquiera es de los que llama la atención cuando te le encuentras de frente, pero tiene un puntazo. ¡Vamos que si lo tiene! Detrás de esas gafas de pasta negras que utiliza, se esconden unos preciosos ojos grises que parece cambiar de color según la luz del día hasta casi ponerse verdes. Medirá como 1,80, tal vez algo menos, y sus anchos hombros destacan todavía más cada que va con esa chamarra de cuero para montar en moto. Y no es que me gusten mucho las motos, pero imaginarme acurrucada a la espalda de este hipster con aires de vikingo descarriado, se antoja. Y mientras yo ando elucubrando sobre la vida y el sexo con mi vecino, él me vuelve a preguntar.

  • ¿Te encuentras bien, Claudia?

¡Pero si se sabe mi nombre! Bueno, yo también me sé el suyo y eso no significa nada.

¡Ayyyy, esas greñas! Dan ganas de tomarle por la nuca y…¡Claudia, vuelve en ti y responde coño!

  • Sí, sí – reacciono como una absoluta lela – casi me dejo los dientes pero estoy bien.

¡Bravo chiquilla! Tú anunciando a viva voz tu torpeza con los tacones.

Intento incorporarme con la mayor soltura y dignidad posible, pero resulta un fracaso, porque los pies me vuelven a fallar y Asier me dona un poco más de su amabilidad al sujetarme  firmemente por la cintura, y acercarme a él lo suficiente, como hacer que se desintegre hasta la ropa interior de los cajones de mi habitación.

Suspiro sonoro…

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  • ¿Estás segura de que no necesitas ayuda? Creo que esos tacones no te van a dejar ir muy lejos- No sé si me sienta bien o mal lo que me acaba de decir, pero su olor me hace olvidar su impertinencia  y me vuelvo a perder en su abrazo improvisado.

Otro suspiro sonoro…

  • Si vuelves a suspirar así me voy a preocupar por tu salud y tendré que hacerte el boca a boca para averiguar si respiras bien o no. – Esas palabras susurradas al oído me recuerdan que sigo cerca de su cuerpo y tiemblo – ¿Te has quedado fría? Tal vez tenga que arroparte un poco más – y me sujeta más fuerte, esta vez contra su pecho. Para entonces yo ya soy aire, oxígeno, nitrógeno y argón, como la canción de Mecano- calladita..- Y me besó.

Perdí la noción del tiempo, perdí los papeles y de paso mi ropa interior se marchó de vacaciones para no volver. Su lengua arrasó mi boca con descaro, como si ya la conociese de memoria. Pero no, no la conocía, es más nunca pensé que esto me podría suceder a mí. Que mi vecino, me encontrase por la escalera y me  atrapase entre sus brazos hasta fundirme en su cuerpo, pues no. Ni en mis mejores sueños.

De repente me soltó. Miró mi cuerpo de arriba abajo y tiró de mi mano hacia su casa. ¡Y menos mal! Porque con mis súper tacones corría el riesgo de descalabrarme antes de llegar a su piso y podía quedarme sin saber lo que era recorrer ese pecho con mi lengua.

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Estaba salibando, estaba nerviosa por la anticipación y…¡oh, dios mío, mis amigas!

Mmmmm, ¿amigas? ¿quién dijo amigas? En arranque de locura olvidé que algún día tuve amigas y acompañé a mi vecino a su casa que ya cerraba la puerta tras de sí y me miraba como si fuese un pastel a la puerta de una pastelería.

Rico, rico…

Al final, mi plan de esta noche iba cambiar radicalmente ¡y vaya que si iba a hacerlo!…

 

Amanecer Contigo, Capítulos 3 y 3, 5

Amanecer Contigo, Capítulos 3 y 3, 5

Capítulo 3

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Momentos de desencuentro

  • No me escuchas.
  • ¿Perdona?
  • Que no me estás escuchando, María, cariño.
  • ¡Ay, lo siento Jon!, Es que estaba…
  • Estabas en la inopia, nena.

Jon se acercó a mí y me cogió de la mano. Yo estaba inquieta y podría admitir que casi incómoda, pero es que quería plantearle los motivos por los que me encontraba así, y no sabía cómo se lo iba a tomar.

  • Necesito hablar contigo – era mejor así, no andarme con rodeos.
  • Querida, eso ya lo sé, ahora, ¿quieres decirme qué demonios te sucede? – de acuerdo, él tampoco.
  • Es que no sé cómo contarte esto sin que te enfades, pero me gustaría que me comprendieses… – lo cierto era que una cosa era saber que se lo tenía que contar y otra era contarlo.
  • Cielo, ¿qué me quieres contar?

Jon me miraba burlón, pensaba que le iba a contar cualquier tontería del nuevo trabajo, pero estaba segura que cuando abriese mi boca para contarle lo que me había sucedido con Álvaro, le iba a cambiar la cara, y no sabía si estaba preparada para su reacción. Él era muy importante en mi vida.

  • Recuerdas que salí con las chicas hace un par de semanas, ¿verdad?
  • Perfectamente, llegaste a las mil y no me has contado nada de lo que hiciste – soltó una carcajada inocente.
  • Ese día conocí a un hombre – en ese instante estaba convencida de que intentó disimularlo, pero nos conocíamos muy bien, podía adivinar todos sus cambios con echarle un vistazo rápido.- Jon no me juzgues de antemano sin saber lo que pasó.

Llevó su mano derecha a la cabeza y se frotó la frente con preocupación.

  • Llevamos juntos toda la vida, María, creo que nos lo podemos contar todo.
  • Pasé la noche con él.

Silencio, un silencio enorme inundó el salón. No podía averiguar su reacción. Jon me conocía perfectamente, así que podía entender el motivo por el que no se lo había contado hasta entonces, pero no sabía cuál podría ser su respuesta.

  • Bueno, soy tu mejor amigo. Cuéntamelo todo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, pero si has tardado en decírmelo, es porque hay algo más que esa noche. No me equivoco, ¿verdad?

Sonreí, eso me provocó el a mí. Arrancarme una sonrisa, una escéptica, sí, sin embargo era unan ya los quince años de amistad los que lograban que pudiese hablar con él de todo. Y lo cierto era que suponía de gran alivio poder contárselo, porque necesitaba su opinión. Así que le conté casi todo, no profundicé en lo más íntimo, pero le dije lo que pasó aquel fin de semana, cómo nos encontramos en mi nuevo empleo y lo que sucedió con Álvaro cuando le vi allí.

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  • ¿Y has tardado dos semanas en contarme toda esta jugosa historia?
  • Bueno, no sabía cómo te lo ibas a tomar después de todo lo que he pasado últimamente.
  • Mira niña – siempre que me quería decir algo sincero empezaba por ese apelativo cariñoso – necesitabas un desahogo, y aunque ya sabes que no soy partidario de los polvos de una noche, y más en tus circunstancias, si ye ha venido bien estar con él, entonces, ¡adelante!. Pero, ¿estás preparada para su nueva proposición?

No podía responderle porque no sabía si estaba para esa proposición o para nada con él ni con nadie.

  • No lo sé, Jon, pero…
  • Pero te gusta – él mismo acabó la frase que yo tenía en mi cabeza. Lo dicho, muchos años juntos.- Entonces, ¿qué tiene de malo volver a verle? ¿es por el trabajo? ¿Por qué es feo? – me miró vio mi respuesta negativa en la cara y se rio – bueno, vale está claro que feo no es – respiró hondo y se pensó lo que me iba a decir a continuación, era algo más serio, eso seguro – María, insisto, no creo que estés preparada para una relación ahora mismo – en el fondo no creía estarlo para siempre – pero, no pierdes nada por conocerlo un poco más a fondo – se rio por el doble sentido de lo que acababa de decir – bueno a fondo ya lo has conocido – eso me hizo reír a mí – bueno un poco más – añadió con un obsceno gesto sexual de las manos – ¿ves? Te hice reír. Ahora en serio, no pierdes nada por pasar una noche local en un hotel de ensueño con un tío bueno. Si después de esa noche, te das cuenta, que seguro que será así porque te conozco, que una relación no es para ti, pues sigues tu camino y punto. Si hay algo que has aprendido muy bien de la vida, es que nada te atará a ningún hombre, nada que tú realmente no desees que lo haga.

Si, Jon tenía una capacidad asombrosa de llegar a conclusiones que yo era incapaz de alcanzar.

  • No sé, Jon. Ya veré lo que hago.
  • Niña, te quedan veinticuatro horas. Si le vas a dejar tirado, díselo. Supongo que él, a parte de una buena herramienta, sí no te rías que no me has contado los pormenores pero, si tú estás así es por algo, también tendrá un corazón.

Un corazón, sí, ese que yo tenía congelado. Bueno tal vez un poquito menos desde hacía casi dos semanas.

  • ¿Qué haces? – le pregunté a Jon que fisgoneaba el teléfono con mucho interés.
  • Cotilleando el hotel en el que habéis quedado, porque si no vas tú con él, me busco a alguien y voy yo, no se puede desperdiciar una habitación con piscina privada…
  • Jon…- le regañé por su pequeña osadía, no tenía jeta ni nada el chico – déjalo – intenté quitarle el móvil y entramos en el juego de yo lo intento y tú no me dejas que nos hizo rodar por el sofá y finalmente en el suelo con Jon encima de mí – Jon…

Acercó su cara a la mía, lentamente, podía sentir su aliento rozando mis labios. ¡Dios mío, me iba a besar! Pero de repente, se apartó y me dejó con la miel en la boca.

  • ¿Ves? No estás preparada para él, pero sí para mí. Háztelo mirar – y soltó una carcajada que provocó la mía y me hizo recordar que por más bueno que estuviese y me provocase con toda la intención, Jon no era más que un buen amigo, mi mejor amigo.

Se levantó y estiró su mano para ayudar a incorporarme, y cuando lo hizo, me acercó a su pecho abrazándome como él solo sabía hacerlo, mostrando todo el cariño que me profesaba, ese que es de verdad.

  • No puedes estar sola eternamente, mi niña – apretó más su abrazo y me reconfortó con su contacto.
  • No lo estoy, Jon.
  • Sí bueno, Iker es una excelente compañía, pero él un día se irá, y tú te quedarás como la vieja de los gatos.

Otra vez me hizo reír. Ese hombre era un cielo.

  • Hablando de Iker, tengo que ir a buscarle a kárate, ya casi es la hora y yo, como siempre, tarde.
  • Te acompaño, me encanta ver a ese renacuajo hacer virguerías con sus patitas.
  • ¿Sabes que la profesora de kárate respiró tranquila cuando supo que no eras su padre y mucho menos mi pareja?

Una carcajada profunda salió de su pecho. Le encantaba saber que encandilaba a las mujeres.

  • No está tan buena como tú, no podrá conseguir nada de mí nunca.
  • ¡Anda, calla y vamos antes de que Iker se quede el último en salir de nuevo y piensen definitivamente que soy una mala madre!
  • ¿Una mala madre, tú? No te conocen…

Y nos arrastramos entre risas a la puerta de salida para ir a buscar al único hombre que me importaba en la vida después de Jon, mi hijo.

Bueno, aunque había otro hombre que no quería salir de mi cabeza y eso ya era darle demasiada importancia.

 

 

Capítulo 3 y medio

Lo que implica un desencuentro

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Hablar con ella por teléfono no era lo que más me apetecía, pero me consolaba poder al menos compartir esta conversación, y lo además, lo necesitaba.

  • Nunca me habías hablado de una mujer así, me tienes impactada, hermano.
  • No sé, Paula, no me había pasado nunca, es como si supiese que es para mí.
  • Acaba de salir un cerdo machista de tu interior, este no es mi hermano – esa burla de mi hermana me hizo reírme de mí mismo como hacía nunca – ¿crees que irá? – cambio de tercio que me hizo recordar que Paula ya lo sabía todo, bueno, casi todo – porque además de un cerdo machista, no sabía que eras todo un romántico.
  • No sé si irá, pero si no va, no voy a insistir más, no quiero que piense que soy un acosador o algo así. No me apetece una denuncia, Pau.
  • No seas bruto, no creo que ella haga algo así, me parece que está como tú, loca por verte, pero me da que hay algo que la frena – de repente se calló – joder, ¿no estará casada, Álvaro?

¡Joder! No había caído en esa posibilidad. ¿Y si era una mujer comprometida?, pero, no, nada parecía dar a entender eso, bueno tampoco la conocía tanto como para saberlo. ¿Por qué no se lo pregunté?

  • Álvaro, ¿estás ahí? – Paula me sacó de mis horribles pensamientos – ¿me vas a contestar?
  • Joder, Pau, no se lo pregunté, pero bueno, estamos en pleno siglo XXI, no creo que ella me lo quiera esconder o tenga vergüenza de decírmelo.
  • Álvaro, a lo mejor está casada, y por más que estemos en pleno siglo XXI, tal vez ella no quiera que su marido lo sepa.
  • Mira, mejor te cuelgo, que cuando te pones en plan abogada del diablo, me pones malo.

La colgué sin decir adiós, pero arrepentido, la mandé un mensaje para, seguro, rebajar su nivel de mosqueo, que para entonces, estaría en grado once de la escala Richter.

“Perdona Pau, es que estoy muy nervioso, quiero verla y me da miedo pensar que haya algo que pueda impedirlo”

“Si está casada y no te lo dice, la buscaré y le diré unas cuantas cosas de abogada”

Me hizo reír de nuevo.

“No la espantes antes de conocerla”

“No te enamores antes de conocerla”

Mi hermana y sus insignes patadas en la boca, bueno, más bien en el corazón.

 

Viernes, hotel Zouk.

Había llegado al hotel una hora antes de lo previsto, pero es que quería poner detalles por la habitación. Quería sorprenderla y no sabía todavía por qué, pero lo deseaba con todas mis fuerzas.

Estaba nervioso, cargado de deseo y con unas ganas enormes de tomarla entre mis brazos y besarla hasta que dejase marcas en sus labios. De acuerdo, me estaba comportando como un idiota adolescente descerebrado y enamo… ¡Hey, esa palabra era demasiado fuerte hasta para mí! ¡Descartada!

Pasaban los minutos y ella no llegaba, no llegaba y no lo hacía. Yo ya estaba nervioso, inquieto. Ocho y media, no llegaba. ¿Me iba a dejar plantado? ¿Y sin decir nada? ¡Será cobarde!

Entonces un mensaje me llegó al móvil que yo miré desesperanzado.

“Siento avisarte a estas horas, me ha surgido un problema de última hora y no podré acudir a nuestra cita, perdona”.

Si me hubiese mirado al espejo en ese instante, debería tener la palabra IDIOTA con luces de neón inscrito en mi frente. Me había dejado literalmente plantado, con mensaje estúpido incluido sí, pero plantado. No se podía ser más gilipollas. Ella había jugado conmigo, otra vez. Pero se acabó, ahora sí. No iba a comportarme como un niñato enamorado (sí, enamorado) nunca más.

Tiré el móvil al suelo, que no se hizo pedazos porque calló en la mullida alfombra sobre la cual tenía la intención de follarme a María, pero estaba claro que eso ya no iba a suceder,  y me fui a la ducha. Sí, porque necesitaba aclararme las ideas y volver a ser yo. Una ducha me ayudaría, aunque también lo hizo un momento de goce solitario entre mi mano derecha y yo, dado que era lo máximo a lo que iba a aspirar esta noche. ¡Menuda desilusión!

El lunes en la oficina, ya veríamos lo que iba a pasar.

María, al cajón de lo recuerdos…

 

Continuará…

Capítulo 2, Amanecer Contigo

Capítulo 2, Amanecer Contigo

 

2º Encuentro.

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Álvaro

  • Si piensas que he quedado contigo para satisfacer de nuevo tus necesidades, estás loco.
  • No he venido a eso y lo sabes – me estaba dejando alucinado, yo solo quería hablar con ella, quería volver a verla – quiero saber por qué te fuiste.
  • ¿No hacéis eso también los hombres? ¿Largaros y olvidar? Pues yo me he adelantado y haya herido tu ego, no tienes por qué llorar.

No podía creer que fuese tan cretina. Llega a ser otra persona y la dejo tirada allí mismo sin eso mismo que ella dijo, sin decir ni adiós. Pero no, esta me iba a oír, ¡demonios, no solo oír! Me iba a sentir.

  • ¿Ya has olvidado lo que pasó el sábado? Porque yo no – y según me iba acercando a ella más podía sentir sus nervios, no dejaba de agarrarse las manos, queriendo huir de nuevo, sin embargo, estaba claro que no podía – no sé qué me hiciste aquella noche María, porque no puedo ni quiero olvidarte, y después del beso de esta mañana, estoy seguro que tú tampoco, lo que no entiendo es porqué huyes de mí.

Se lo estaba dejando claro, había jugado todas mis cartas, y como si tuviese quince años, me estaba casi declarando a una chica que apenas acababa de conocer, pero cuando el corazón lo dicta, la razón se calla.

  • Creo que te equivocas, Álvaro – negaba con la cabeza como si quisiera creerse ella misma lo que estaba a punto de decirme – fue sexo y ya. No pasó nada más entre nosotros.
  • No lo parecía mientras te deshacías en mis brazos – de repente me giré para no mirarla y poder reflexionar lo que iba a decirle – y menos cuando reías, charlábamos en el bar, bailamos. No parecías asustada, ni parecías tenerle miedo a nada. ¿qué pasó después, nena?
  • No me llames nena, no soy tu nena – me reí en su cara por su infantil salida de tono – pasó que nos acostamos y que no fue para tanto.

Me di la media vuelta y la encaré.

  • ¿Quieres que te recuerde cómo te deshacías en mis brazos? – ya me estaba empezando a cabrear, se estaba negando lo evidente y quería saber por qué.
  • No es necesario, con un polvo tuve de sobra.

Esa bofetada en toda la cara no me la esperaba, pero aun así, quería saber por qué. Entonces, ella dijo algo que no me esperaba.

  • Perdona, no pretendo ser grosera, pero es mejor que no nos volvamos a ver, y más ahora que vamos a trabajar juntos.
  • Sabes perfectamente que trabajar juntos no nos supone ningún impedimento para nada – me acerqué a ella lentamente y levanté mi mano derecha para acariciarle la cara, con cautela pero deseoso de volver a sentir su piel – no pretendo presionarte, pero tienes tan claro como yo, que aquí pasa algo y no…
  • ¿Qué es lo que quieres de mí, Álvaro? ¿otro polvo?
  • Quiero que cuando amanezca después de una noche de sexo loco, despiertes entre mis brazos.

Si llego a pensar lo que acababa de decir, estaba seguro de que no lo hubiese dicho. ¿O tal vez, sí? No sabía, pero la realidad era que me salió sin más y me había quedado muy a gusto.

Por otra parte, creo que tuvo efecto, porque se quedó pensativa, y eso fue un punto a mi favor.

  • Si buscas algo serio, no te lo puedo dar, Álvaro.
  • Insisto, María. Solo quiero despertar una mañana a tu lado. Dame esa noche
  • Déjame pensarlo.

Y la dejé pensarlo. Pasaron dos días y no hubo una maldita respuesta de su parte. Estaba empezando a desesperarme, porque nos veíamos en el trabajo y era como si no pasara nada entre nosotros, cuando las ganas nos estaban consumiendo. Al menos a mí, que no fui capaz de dormir ocho horas seguidas sin pensar o soñar con ella.

María

Solo quería una noche más conmigo, pero, ¿se la quería dar? Bueno, estaba claro que sí, lo malo era que no sabía si podría. Despertar a su lado, ¡qué tierno! Fue una respuesta que no me esperaba. Pero no podía dejarme embaucar por sus palabras, no era más que otro galán de folletín barato, y no quería involucrarme más con alguien como él, con uno en mi vida había tenido bastante.

Pero a decir verdad, era que no podía dejar de pensar en él. Intenté aparentar que no me afectaba verle, sin embargo, entrar por la puerta de la oficina estos dos últimos días era como someterse a un castigo. Tan guapo que iba el muy cabrón con traje. ¡Era injusto, todo le sentaba bien! Injusticias del destino. Únicamente a mí se me ocurrió fijarme en él aquella noche, bueno a mí sola no, también a otras cincuenta chicas que se lo querían comer todo entero como si fuese una fuente de chocolate. Pero yo fui su blanco esa noche, y ¡por qué no! Él fue el mío.

Una noche, una más. Y mientras lo pensaba, fui acercándome a su escritorio. De repente, él se dio cuenta de mi presencia y alzó la vista. Yo pensaba que me regalaría una de sus demoledoras sonrisas, pero no, me recibió serio, casi con indiferencia. Entonces yo, me eché atrás.

  • ¿Necesitabas algo, María? – preguntó con un tono de lo más profesional.
  • Mmmm, no, digo sí – piensa algo rápido, venga, que tú puedes – ¿me puedes pasar el informe de la última campaña de marketing del producto? – ¡eso es, chica lista!
  • Lo tienes en la carpeta de archivos compartidos, te lo dijo Julián en la reunión de ayer.

Reunión de ayer, reunión de ayer, ¿qué tenía yo en la cabeza en la reunión de ayer? A ti, gilipollas.

“Mejor, no me sonrías, no te acerques a mí, acabas de ponerme el camino fácil, Álvaro. No es no”.

  • Gracias, no lo recordaba – admití con fastidio dando media vuelta.
  • ¿Necesitas algo más? – preguntó – ¿Hay algo que te pueda resolver?

Me giré con toda la gracia que pude y le puse la sonrisa más falsa que tenía en mis lista recopilatoria de sonrisas prefabricadas.

  • No, gracias, estoy servida.

Menudos dos niños que estábamos hechos. Parecíamos dos adolescentes. Bueno, al menos yo, él era simplemente idiota.

Volví a mi asiento con ganas de abofetearlo. Tanta palabra, para luego olvidarlo. En fin, como todos, y pensar que en algún momento pensé en darle una segunda oportunidad. Menos mal, porque me habría hecho daño, como todos. Como él.

De todos modos, y a pesar de que ya tenía claro de que no iba a tener nada más con él, al sentarme en mi escritorio, levanté la cabeza para mirarle, y le pillé mirándome. Casi se me para el funcionamiento de todos mis órganos útiles con esa mirada, y era casi porque mi órgano más inútil, es decir, mi corazón, había dejado de funcionar desde el día que le conocí, pensé que desde entonces me llevaba la inercia. Por lo que en ese instante, me sentí en una nube. Continuaba  mirando a pesar de haberle pillado, seguía cada movimiento de mi cuerpo con esos ojazos marrones que no me dejaban dormir. Entonces, hizo algo que no me esperaba en ese momento de erotismo visual. Volvió la mirada a la pantalla de su ordenador como si nada hubiese pasado entre los dos. Casi me dieron ganas de aplastarle su bonita cara contra el teclado, bueno sin casi, porque me levantaba dispuesta a susurrarle unas cuantas cosas, cuando entró un mensaje en mi email suyo.

De: Álvaro Iriondo.

Para: María Balaguer.

Tal vez a ti te parezca divertido y muy infantil este intercambio de miradas, pero a mí no. Y aunque me encanta ver cómo paseas tus caderas por la oficina, prefiero tenerlas entre mis manos mientras estoy entrando en ti. No me voy a ir con más rodeos. Te espero en la suite Tantra del Hotel Zouk este viernes a las ocho de la tarde. Y digo a las ocho, pero podía decir justo después de salir de la oficina. Pero te voy a dar el tiempo suficiente para que te cambies o te quites la ropa interior, porque esa noche no la vamos a olvidar, ni tú, ni yo.

Álvaro.

PD: Mírame.

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Eso es lo que casi no me dio tiempo a hacer, cuando comprobé que se había levantado de su mesa para dirigirse a la mía con la suficiente rapidez como para no poder reaccionar. Se agachó y puso una tarjeta encima del teclado.

  • Esta es mi tarjeta, María, por si me necesitas y no estoy en la oficina, te puedes poner en contacto conmigo en este teléfono de aquí – dijo mientras me miraba y señalaba su número privado en ella – y ahora si me das el tuyo, sería importante que lo tuviese para lo mismo.

Sin opción a resistirme, entre otras cosas porque me tenía idiotizada, saqué una tarjeta del bolso y se la di, totalmente autómata. Tal como vino, de nuevo, y ya iban dos ocasiones que lo hacía, se fue, dejándome de nuevo en estado de shock.

Leí y releí el mensaje como dos docenas de veces. Me encontraba entre la expectativa de lo que podría suceder si iba, y la posibilidad de no ir. No tenía ni idea qué iba a hacer. Mi cabeza me decía claramente que no, que debía huir despavorida de un faldero como ese, pero mi entrepierna debía de hablar otro idioma completamente distinto, porque no respondía a razones.

Así que, aquí estaba yo, sentada frente al ordenador pensando qué hacer, mientras Álvaro había vuelto a sus responsabilidades sin inmutarse. No me lo podía creer.

Continuará…

Amanecer Contigo

Amanecer Contigo

Amanecer contigo.

Una historia de Iria Blake.

Todos los derechos reservados

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 Me desperté en medio de la madrugada con una resaca demencial, provocada por el exceso de tequila y las ganas de divertirme. Lo que no me esperaba era mirar a mi alrededor y no reconocer el lugar en el que estaba y menos, girar la cabeza y encontrarme con un tío desnudo a mi derecha. ¡Mierda! ¿Qué demonios había pasado anoche? No era capaz de recordar lo que había sucedido. Aunque mi cuerpo dolorido sí.
Una sensación me vino a la memoria. La de sus manos recorriendo mi piel y de sus embestidas castigándome y provocando el mejor orgasmo que había tenido en mi vida.  Pero, ¿quién era él? ¿Dónde lo conocí? ¿Cómo se llamaba?
De repente mi señal de alarma se activó y me entró pánico. Salí de la cama con sigilo y empecé a buscar mi ropa. Me vestí como pude y sin casi mirar atrás busqué la salida. Pero una especie de extraña atracción me obligó a volver y mirarle. Estaba buenísimo. Delgado pero atlético, sin excesos. Vi como su brazo derecho se estiraba en el colchón como buscándome, y entonces retrocedí temerosa de que se despertara. Pero mi cuerpo me obligó a volver a él, a rozar su brazo hasta alcanzar su muñeca y tocar una pulsera de plata que tenía algo inscrito. Me acerqué todo lo que pude y con la poca luz que había en la habitación vi el nombre, ÁLVARO.
Así se llamaba el hombre que me acababa de follar como si fuese una adolescente hormonada.
−− Álvaro, adiós guapo – dije en un susurro. Y salí del apartamento sin mirar atrás, porque había sido solo sexo. Yo ya no buscaba más. O eso es lo que quería creer, al menos hasta esa loca noche.

                                                       Álvaro

Dos días después.

Estaba en la oficina delante del ordenador como un estúpido autómata. Me sentía jodido, primero por la resaca que todavía me quedaba del sábado por la noche y después por la desaparición de la chica con la que había estado esa noche. Se largó sin decir ni adiós.  Ni su nombre me dijo. Pero bueno, después de años haciendo yo eso mismo con las mujeres, tal vez ya iba siendo hora que probara yo un poco de mi propia medicina.  Iba a ser que eso de un polvo y adiós sí que fastidiaba, sobre todo cuando alguien te atraía de verdad.

De repente un revuelo de risas en la puerta de entrada me sacó de mi ensimismamiento. Miré hacia ella y pude comprobar que era mi jefe  que venía acompañado de otras personas. ¡Mierda! Me había olvidado de que teníamos una reunión con la persona que se iba a encargar del marketing en la empresa a partir de ahora.  El anterior director se largó a la competencia y mi jefe estaba que echaba chispas, porque tuvo que hacer encaje de bolillos para poder contratar con la suficiente rapidez a alguien que se ocupase de sacar la nueva marca en las fechas que teníamos previstas.

No había reparado bien en las personas que le acompañaban, hasta que escuché una risa que me resultaba familiar.

No podía ver bien entre la maraña de presentaciones que se estaba produciendo, así que tuve que mirar varias veces. La risa me llevaba a mirar una y otra vez como abeja a la miel. Hasta que entre el hueco que se hizo entre las cinco personas que la rodeaban, pude vislumbrar una silueta que me resultaba más familiar todavía. Esas piernas, esas caderas, esos pechos, ¡dios esa cara! ¡Era ella, la chica del sábado!

Hiperventilé, por primera vez en  mi vida, me puse nervioso como un adolescente con su primera cita. Empezaron a temblarme las manos y olvidé todo lo que estaba haciendo y me quedé ensimismado mirándola.

Entonces, como si la hubiese invocado, giró su cabeza y miró en mi dirección, pero para mí absoluta decepción, ella hizo como si no me conociera. Se volvió de nuevo en dirección a la conversación que estaba manteniendo y literalmente pasó de mí. Ni cara de sorpresa, ni una sonrisa, ni nada.

Me quedé de piedra.

María

 Jamás imaginé que lo volvería a encontrar, y mucho menos en mi nuevo centro de trabajo. Llegaba a mi nuevo trabajo con la firme intención de retomar las riendas de mi vida y comenzar de nuevo. Pero el tiro ya me salió mal, cuando me encontré de nuevo con él, con Álvaro. Ese chico que conocí el sábado, con el que tuve un polvo ocasional como con cualquier otro y que no tenía intención de volver a ver.

¡Dios, sus ojos castaños me miraban como si me fuesen a comer allí mismo! Y yo, yo estaba a punto de perder mi ropa interior y tenía que disimular de la mejor forma posible la impresión que me había causado verle allí. Porque así es cómo me sentía, impactada. Preferí no darle más vueltas a lo que estaba sintiendo, y con toda la dignidad de la que fui capaz, intenté regresar a la conversación con mi nuevo jefe.

  • María, ven – Luis, que así se llamaba mi jefe, me agarró del codo y me llevó con él – acompáñame, me gustaría presentarte a nuestro jefe de operaciones – ¡No, no, no! ¡Me llevaba directa hacia mi peor pesadilla y mi mejor polvo en mucho tiempo! – él es Álvaro Iriondo.

Alargó su brazo para guiarme donde estaba él, que ya empezaba a incorporarse para saludarme con una sonrisa de serie, de aquellas de malote, que aunque en un principio podía parecer triunfal, en ese instante transmitían duda.

  • Sí, ya sé – ¿Qué ya sabía? ¡Muy bien María, punto para el caballero! – Perdón, quise decir que mucho gusto – alargué mi mano para cruzarla con la suya intentando disimular mi error, pero de poco le valió a Álvaro, porque me di por cazada literalmente, ya que su mirada color miel lo decía todo.

“Te pillé, nena”

  • Un placer, María – dijo tomando mi mano y haciendo algo que casi hace que allí mismo volviese a revivir la noche del sábado, y es que no tuvo otro detalle menos oportuno que besarme los nudillos de la mano y sin intención de soltarme después – María…- me quedé embobada mirándole – María…- insistió.
  • María, ¿qué? – le respondí borde soltándome con brusquedad.
  • María Balaguer – contestó Luis con un tono suave intentando suavizar mi impertinencia.
  • Perdón – el tono de mis mejillas dieron cuenta real del error de educación que acababa de cometer por mis malditos nervios. La verdad era que sí, que Álvaro me afectaba más de lo que quería pensar.
  • Tranquila, María – dijo Luis conciliador – es normal que hoy estés nerviosa. Discúlpanos, Álvaro, voy a seguir con las presentaciones – y así, mi jefe me alejó de mi empotrador favorito, llevándome a conocer al resto del personal, mientras yo intentaba encajar la noticia de que Álvaro, como Jefe de operaciones, me ayudaría con la campaña de marketing, algo que empezaba a pensar, iba a ser bastante complicado, teniendo en cuenta que, cada vez que le miraba, recordaba lo que había sucedido entre nosotros dos el fin de semana.

Pasó una interminable hora hasta que fui capaz de librarme de mi jefe para poder ir al baño a aclararme las ideas, porque lo necesitaba con urgencia.

Busqué el aseo de mujeres en el pasillo exterior de las oficinas y entré. Sin embargo, no había tardado en entrar ni diez segundos, cuando la puerta se abrió tras de mí, con un Álvaro accedía al baño como una exhalación.

Se acercó a mí todo lo que pudo, dejando nuestros labios tan cerca que no hacía falta que nos besáramos para intercambiar el aliento.

  • Te voy a perdonar que me dejaras tirado en mi cama, cuando tenía toda la intención de volverte a follar al amanecer – dijo levantando su mano hasta llevar el dedo índice a mi barbilla y rozarme con una extrema y sinuosa suavidad – así que para resarcirte, te espero a la salida, porque tú y yo tenemos que hablar de lo que pasó – intenté interrumpirle pero acabó poníéndome la mano en la boca para cerrármela – porque pasó algo entre nosotros y no fue solo sexo, y lo sabes.

Y sin más, me soltó y salió por la puerta. Pero antes de que yo quisiera darme la vuelta para poder abrir el agua fría y calmar mi ansiedad por él, entré de nuevo, me tomó en sus brazos y se lanzó a mi boca como si no nos hubiésemos besado en meses. Un beso ardiente, feroz y tan bestial, que me hizo olvidar que estábamos en la oficina, que había gente cerca y que hasta había mañana.

Un beso de los que te hace recordar, que sí puede haber algo más de sexo entre dos personas la primera vez que se ven.

 

¿Continuará??????????

 

 

El Canto de la Sirena

El Canto de la Sirena

Ayer fue un día especial. Uno de esos que te vacían toda, así como correr una medio maratón y que una vez que has llegado a meta, sentir que no puedes ni con el alma. Pues así me quedé. Y es que ¡coño, jugaba en casa!

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Recuerdo la Casa Torre cuando era más joven, y siempre la miraba desde fuera con respeto, incluso…casi miedo, pensaba “¿algún día estaré yo ahí?”. Ahora echo la vista atrás y río hasta con ironía. Porque sí, las ironías de la vida. ¿Quién iba a pensar, que años…muchos más años después, estaría yo dentro? Fue sentirme en la alfombra roja, y con todos mis respetos a los famosos, ¡que yo con mis jeans iba muy mona, oiga! Pero, ¡qué coño! Ayer me sentí grande (no valen los chistes esos de que yo ya soy grande, tengo un trasero grande, o la cabeza bien grande…).

Ejem…sigamos…

Ahí estaba yo, aquella nieta de sardineras, hija de remero y madre de todos los desmadres (que sí, que una tiene un pasado, pero yo he sido una Santa, lo prometo). Pero estaba allí, en mi casa, rodeada de mi gente, y con unas ganas de llorar, que si no fuese porque Eva Soler me amenazó con la mirada y ese brownie vegano que estaba buenísimo, vamos, ¡que una llora, pero que llora de verdad! Mi padre al fondo (otro con la coño lagrimilla en la jeta), Mr. Blake abanderando el clan de los fans cerveceros (sí, esos de; sí cariño yo voy, voy, voy al bar de abajo y espero a que acabes con una cañita en la mano, ¡por San Miguel! Vamos, ese juramento me lo creo yo de él así, a pies juntillas. Pero mi mayor fan, mi fan number one estaba sentada justo delante de mí, atormentandome con su mirada, moviéndose como una ladilla y ¡hostias, firmando autógrafos! Y yo en plan Sara Montiel diciendo, ¿pero esto qué es? Pues nada sí, que sí que lo hizo, ¡que Mini Blake me robó protagonismo! ¡Será hija de la ouija! ¡jajajajajajajajaja!

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Entre la gente, nuestras seguidoras incondicionales, algunas AMIGAS con mayúsculas sí. De esas que estarán ahí hasta que David Gandy nos separe (quién dice Gandy, dice Henry Cavill, dice Joe Manganiello, o dice cualquier actor buenorrrrrro por el que estoy segura que me abandonarían en una carretera del desierto del Sáhara…). Ahora es cuando empiezo a escuchar los gritos y los, “¡joder tía eso nunca!, y yo por supuesto no me lo creo porque seguramente yo también lo haría, ¡jajajajajajajajajaja!

Después la sorpresa de la tarde. ¿¿¿¿¿¿¿¿He visto prensa?????? (ahora os pongo el emoticono con cara de susto), ¿este viene a fotografiarnos a nosotras o se ha equivocado de sala? ¡Mierda, se me olvidó ese chulísimo discurso que había preparado por la mañana en la ducha! ¿por qué en la ducha no puedo escribir?

Próxima nota: llamar a Mr. Blake y usarlo de escriba cada vez que me surja una buena idea en la ducha. Así yo mientras me higienizo los alerones, le voy dictando. ¡Buena idea, Iria!

la sumisa nuevo

Somos un pequeño granito de arena dentro de este mega universo de la literatura romántica, y ayer hicimos un castillito (estábamos en una Casa Torre, no podía ser menos). Un paso, dos pasos, sí creo que vamos por los cimientos, pero creo que hay que echar más cemento para que la base sea buena. Tres pasos, cuatro pasos, una reedición. La Sumisa que hay en Mí vuelve con fuerza y con sorpresas. Seis pasos, siete pasos, otra novela, ya oficialmente la tercera (ya sé lo que me váis a decir, ¿y el relato? Ese ha sido cuarto y mitad, cuenta, sí mucho, pero no llega a novela, es…el benjamín de la casa).

Ayer hubo besos, fotos, abrazos, cariño mucho a raudales. Amor, muuuucho amor.

Ahora vuelvo a los besos, va a haber muchos besos, amor, mucho mucho mucho mucho mucho amor, y lluvia. Algo de lluvia.

Pues sí, Iria, vamos a dormir que esta noche va a llover, pero muy lejos de Bilbao…así que hay que protegerse.

Volvamos a empezar…

Las teclas me llaman y Aidan…(sí chicas, así se llama él), está detrás de mí esperándome.

Buenas noches…Gabon…