Capítulo 2, Amanecer Contigo

Capítulo 2, Amanecer Contigo


 

2º Encuentro.

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Álvaro

  • Si piensas que he quedado contigo para satisfacer de nuevo tus necesidades, estás loco.
  • No he venido a eso y lo sabes – me estaba dejando alucinado, yo solo quería hablar con ella, quería volver a verla – quiero saber por qué te fuiste.
  • ¿No hacéis eso también los hombres? ¿Largaros y olvidar? Pues yo me he adelantado y haya herido tu ego, no tienes por qué llorar.

No podía creer que fuese tan cretina. Llega a ser otra persona y la dejo tirada allí mismo sin eso mismo que ella dijo, sin decir ni adiós. Pero no, esta me iba a oír, ¡demonios, no solo oír! Me iba a sentir.

  • ¿Ya has olvidado lo que pasó el sábado? Porque yo no – y según me iba acercando a ella más podía sentir sus nervios, no dejaba de agarrarse las manos, queriendo huir de nuevo, sin embargo, estaba claro que no podía – no sé qué me hiciste aquella noche María, porque no puedo ni quiero olvidarte, y después del beso de esta mañana, estoy seguro que tú tampoco, lo que no entiendo es porqué huyes de mí.

Se lo estaba dejando claro, había jugado todas mis cartas, y como si tuviese quince años, me estaba casi declarando a una chica que apenas acababa de conocer, pero cuando el corazón lo dicta, la razón se calla.

  • Creo que te equivocas, Álvaro – negaba con la cabeza como si quisiera creerse ella misma lo que estaba a punto de decirme – fue sexo y ya. No pasó nada más entre nosotros.
  • No lo parecía mientras te deshacías en mis brazos – de repente me giré para no mirarla y poder reflexionar lo que iba a decirle – y menos cuando reías, charlábamos en el bar, bailamos. No parecías asustada, ni parecías tenerle miedo a nada. ¿qué pasó después, nena?
  • No me llames nena, no soy tu nena – me reí en su cara por su infantil salida de tono – pasó que nos acostamos y que no fue para tanto.

Me di la media vuelta y la encaré.

  • ¿Quieres que te recuerde cómo te deshacías en mis brazos? – ya me estaba empezando a cabrear, se estaba negando lo evidente y quería saber por qué.
  • No es necesario, con un polvo tuve de sobra.

Esa bofetada en toda la cara no me la esperaba, pero aun así, quería saber por qué. Entonces, ella dijo algo que no me esperaba.

  • Perdona, no pretendo ser grosera, pero es mejor que no nos volvamos a ver, y más ahora que vamos a trabajar juntos.
  • Sabes perfectamente que trabajar juntos no nos supone ningún impedimento para nada – me acerqué a ella lentamente y levanté mi mano derecha para acariciarle la cara, con cautela pero deseoso de volver a sentir su piel – no pretendo presionarte, pero tienes tan claro como yo, que aquí pasa algo y no…
  • ¿Qué es lo que quieres de mí, Álvaro? ¿otro polvo?
  • Quiero que cuando amanezca después de una noche de sexo loco, despiertes entre mis brazos.

Si llego a pensar lo que acababa de decir, estaba seguro de que no lo hubiese dicho. ¿O tal vez, sí? No sabía, pero la realidad era que me salió sin más y me había quedado muy a gusto.

Por otra parte, creo que tuvo efecto, porque se quedó pensativa, y eso fue un punto a mi favor.

  • Si buscas algo serio, no te lo puedo dar, Álvaro.
  • Insisto, María. Solo quiero despertar una mañana a tu lado. Dame esa noche
  • Déjame pensarlo.

Y la dejé pensarlo. Pasaron dos días y no hubo una maldita respuesta de su parte. Estaba empezando a desesperarme, porque nos veíamos en el trabajo y era como si no pasara nada entre nosotros, cuando las ganas nos estaban consumiendo. Al menos a mí, que no fui capaz de dormir ocho horas seguidas sin pensar o soñar con ella.

María

Solo quería una noche más conmigo, pero, ¿se la quería dar? Bueno, estaba claro que sí, lo malo era que no sabía si podría. Despertar a su lado, ¡qué tierno! Fue una respuesta que no me esperaba. Pero no podía dejarme embaucar por sus palabras, no era más que otro galán de folletín barato, y no quería involucrarme más con alguien como él, con uno en mi vida había tenido bastante.

Pero a decir verdad, era que no podía dejar de pensar en él. Intenté aparentar que no me afectaba verle, sin embargo, entrar por la puerta de la oficina estos dos últimos días era como someterse a un castigo. Tan guapo que iba el muy cabrón con traje. ¡Era injusto, todo le sentaba bien! Injusticias del destino. Únicamente a mí se me ocurrió fijarme en él aquella noche, bueno a mí sola no, también a otras cincuenta chicas que se lo querían comer todo entero como si fuese una fuente de chocolate. Pero yo fui su blanco esa noche, y ¡por qué no! Él fue el mío.

Una noche, una más. Y mientras lo pensaba, fui acercándome a su escritorio. De repente, él se dio cuenta de mi presencia y alzó la vista. Yo pensaba que me regalaría una de sus demoledoras sonrisas, pero no, me recibió serio, casi con indiferencia. Entonces yo, me eché atrás.

  • ¿Necesitabas algo, María? – preguntó con un tono de lo más profesional.
  • Mmmm, no, digo sí – piensa algo rápido, venga, que tú puedes – ¿me puedes pasar el informe de la última campaña de marketing del producto? – ¡eso es, chica lista!
  • Lo tienes en la carpeta de archivos compartidos, te lo dijo Julián en la reunión de ayer.

Reunión de ayer, reunión de ayer, ¿qué tenía yo en la cabeza en la reunión de ayer? A ti, gilipollas.

“Mejor, no me sonrías, no te acerques a mí, acabas de ponerme el camino fácil, Álvaro. No es no”.

  • Gracias, no lo recordaba – admití con fastidio dando media vuelta.
  • ¿Necesitas algo más? – preguntó – ¿Hay algo que te pueda resolver?

Me giré con toda la gracia que pude y le puse la sonrisa más falsa que tenía en mis lista recopilatoria de sonrisas prefabricadas.

  • No, gracias, estoy servida.

Menudos dos niños que estábamos hechos. Parecíamos dos adolescentes. Bueno, al menos yo, él era simplemente idiota.

Volví a mi asiento con ganas de abofetearlo. Tanta palabra, para luego olvidarlo. En fin, como todos, y pensar que en algún momento pensé en darle una segunda oportunidad. Menos mal, porque me habría hecho daño, como todos. Como él.

De todos modos, y a pesar de que ya tenía claro de que no iba a tener nada más con él, al sentarme en mi escritorio, levanté la cabeza para mirarle, y le pillé mirándome. Casi se me para el funcionamiento de todos mis órganos útiles con esa mirada, y era casi porque mi órgano más inútil, es decir, mi corazón, había dejado de funcionar desde el día que le conocí, pensé que desde entonces me llevaba la inercia. Por lo que en ese instante, me sentí en una nube. Continuaba  mirando a pesar de haberle pillado, seguía cada movimiento de mi cuerpo con esos ojazos marrones que no me dejaban dormir. Entonces, hizo algo que no me esperaba en ese momento de erotismo visual. Volvió la mirada a la pantalla de su ordenador como si nada hubiese pasado entre los dos. Casi me dieron ganas de aplastarle su bonita cara contra el teclado, bueno sin casi, porque me levantaba dispuesta a susurrarle unas cuantas cosas, cuando entró un mensaje en mi email suyo.

De: Álvaro Iriondo.

Para: María Balaguer.

Tal vez a ti te parezca divertido y muy infantil este intercambio de miradas, pero a mí no. Y aunque me encanta ver cómo paseas tus caderas por la oficina, prefiero tenerlas entre mis manos mientras estoy entrando en ti. No me voy a ir con más rodeos. Te espero en la suite Tantra del Hotel Zouk este viernes a las ocho de la tarde. Y digo a las ocho, pero podía decir justo después de salir de la oficina. Pero te voy a dar el tiempo suficiente para que te cambies o te quites la ropa interior, porque esa noche no la vamos a olvidar, ni tú, ni yo.

Álvaro.

PD: Mírame.

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Eso es lo que casi no me dio tiempo a hacer, cuando comprobé que se había levantado de su mesa para dirigirse a la mía con la suficiente rapidez como para no poder reaccionar. Se agachó y puso una tarjeta encima del teclado.

  • Esta es mi tarjeta, María, por si me necesitas y no estoy en la oficina, te puedes poner en contacto conmigo en este teléfono de aquí – dijo mientras me miraba y señalaba su número privado en ella – y ahora si me das el tuyo, sería importante que lo tuviese para lo mismo.

Sin opción a resistirme, entre otras cosas porque me tenía idiotizada, saqué una tarjeta del bolso y se la di, totalmente autómata. Tal como vino, de nuevo, y ya iban dos ocasiones que lo hacía, se fue, dejándome de nuevo en estado de shock.

Leí y releí el mensaje como dos docenas de veces. Me encontraba entre la expectativa de lo que podría suceder si iba, y la posibilidad de no ir. No tenía ni idea qué iba a hacer. Mi cabeza me decía claramente que no, que debía huir despavorida de un faldero como ese, pero mi entrepierna debía de hablar otro idioma completamente distinto, porque no respondía a razones.

Así que, aquí estaba yo, sentada frente al ordenador pensando qué hacer, mientras Álvaro había vuelto a sus responsabilidades sin inmutarse. No me lo podía creer.

Continuará…

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